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Barrios privados, ¿prohibir o regular?

Urbanismo

Las urbanizaciones cerradas se han hecho cada vez más populares en los últimos años. No sólo ofrecen a los residentes un mayor grado de intimidad, sino que también proporcionan seguridad y otros servicios. A su vez, estas urbanizaciones suelen ser criticadas por su falta de diversidad social y la contradicción con el concepto integral de ciudad.

Desde el urbanismo, se mira a los barrios cerrados con cierta desconfianza. Para los especialistas no es bueno “hacer ciudades dentro de ciudades” y lo evalúan como una contracara de las villas de emergencia.

A partir de la sanción del nuevo código civil, apareció la figura de “conjuntos inmobiliarios”. Esto introdujo una nueva variable al análisis y aquí se pueden poner en juego nuevas formas y hasta la propia extensión de estos desarrollos. Si tienen menos de 5 hectáreas, sus efectos negativos a la trama urbana disminuyen de manera considerable.

Para el economista y desarrollador inmobiliario Pablo Presas,

“Ninguna ciudad crece y se desarrolla social y económicamente sin una equilibrada articulación público-privada. Para ordenar el crecimiento se deberían trabajar las distintas tipologías de desarrollos: barrios autosustentables (aquellos privados, que no solicitan servicios a los municipios), barrios urbanos (loteos abiertos zonificados dentro de la planta urbana) y barrios sociales”.

Presas es administrador del Barrio Privado La Soñada en Concepción del Uruguay. Es un convencido del aporte que el sector realiza a la cadena de la construcción de las ciudades:

“Debemos mirar lo que pasa en ciudades como Tandil, Canning o Mercedes en Buenos Aires. O como los departamentos de Maldonado y Rocha en Uruguay que crecen turísticamente por integrar nuevos desarrollos privados, muy demandados por el mercado, al crecimiento de una región”.

Para el arquitecto y profesor universitario José Artusi,

“Las urbanizaciones cerradas en áreas urbanas generan tejidos aislados, monofuncionales y de baja densidad, acentuación de los procesos de segregación socio residencial, interrupción de la trama vial, deterioro del espacio público, encarecimiento de infraestructuras y consumo elevado de suelo, quitando lugar para la expansión urbana de tejido abierto. Es una suerte de renuncia a los atributos tradicionales de la ciudad como ámbito compartido de una comunidad”.

Aunque Artusi, acepta hacer una salvedad:

“En el caso que este proceso sea inevitable, el menor daño urbano lo vemos con lo que llamo -el country en el country-, que son aquellos desarrollos alejados de las zonas céntricas y con una extensión acotada, para que no funcione como barrera urbana. De todas formas, se debe estudiar igualmente un mecanismo de recuperación de plusvalías”.

Las ciudades de la región han optado por distintas estrategias para regular el tema. La prohibición absoluta cierra demasiadas puertas a los constantes cambios sociales y económicos en los que estamos inmersos. Una mirada inteligente debería incluir un profundo estudio del tema para lograr inversiones que permitan el desarrollo local de ciudades más integradas.

Paula Engelberger

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