Optimistas y... ¿testarudos?
Balances y perspectivas

Lo único en que mejora Argentina cada año es en complicar las cosas. Nunca paramos de inventar una nueva norma que modifica todo lo anterior. La imprevisión es la única regla estable en todos los gobiernos. No hay plan. Entonces, no hay camino. No hay destino. El 2022 profundizó los problemas y termina con una sensación rara de qué va a pasar en los próximos meses. ¿Cómo planificaron, produjeron, vendieron e invirtieron los empresarios en este contexto? ¿Cómo se hace un balance en este sentido? ¿Cómo se determinan expectativas a futuro? ¿Con qué reglas? Ser empresarios en este país es ser sobrevivientes. El optimismo ha sido el mejor remedio para seguir adelante. El ser testarudo, tal vez el segundo... ¿Cuánto tiempo más se puede seguir así? 



Por Martin Oleinizak


Un emprendedor es una persona que identifica una oportunidad y conociendo los riesgos emprende la acción de organizar los recursos necesarios para convertirse en creador o fundador de una empresa o negocio, con la finalidad de aprovechar dicha oportunidad, obteniendo una respectiva ganancia.

El optimismo es una perspectiva positiva y esperanzada del futuro, de sí mismo y del mundo que lo rodea. Es una parte clave para la resiliencia, la fortaleza interior que ayuda a atravesar momentos difíciles. Por definición, el optimismo ayuda a ver, sentir y pensar en forma positiva.

Un emprendedor, por definición, es optimista. 

Y en Argentina, no es tan sencillo sostener ese optimismo, por eso es necesario ser bastante testarudo. Alguien que se mantiene firme o inamovible en su actitud, aunque se le den razones en contra.

Los “optimistudos” llenarán las páginas de este anuario explicando (o tratando de hacerlo) cómo les fue en 2022. Pero van más allá, e intentan hacer un pronóstico de cómo será el 2023. Y ahí, la segunda parte de este acrónimo es la que toma protagonismo. 


Otro año difícil

Como cada año decimos, esto es un sondeo de opinión que intenta reflejar lo que pasa en una provincia en particular, muchas veces diferente al resto del país, pero no ajena a la realidad nacional. En la requisitoria están presentes empresarios de todos los tamaños y de casi todos los sectores productivos, comerciales y de servicios que integran el entramado económico entrerriano. 

Como siempre, les pedimos a los entrevistados que califiquen el año que termina con una puntuación de 1 a 10 en lo que refiere a su empresa. El 3% lo calificó de excelente y el 18% como muy bueno. La mayor parte de los consultados, el 59%, sostuvo que el año había sido entre “bueno y aceptable”. Después el 17% habló de un año “Regular” y el 3% lo calificó como “Malo”. 

Los números son fríos y no reflejan todas las explicaciones necesarias ni los esfuerzos que requirieron para obtener esa simplificación positiva. 

Los años siguen siendo cada vez más complejos. La coyuntura absorbe los tiempos y las tareas específicas de cada negocio se fueron corriendo a solucionar problemas (graves y determinantes) que muchas veces son ajenos al propio negocio e, incluso, a la propia capacidad de injerencia de la empresa. 

“La mayor preocupación es la desfocalización”; “Los empresarios terminamos el año desgastados”; o “lamentablemente nos vamos mal acostumbrando…, cada vez bajamos más la vara”; “Competimos con empresas de todo el mundo con las dos manos atadas atrás”; y “Nunca tuvimos tantos problemas para conseguir insumos como ahora”. Algunas de las frases que se repitieron y mostraron el esfuerzo que requirió transitar el 2022.

Quisimos saber en este número cómo estaban las ganas de seguir emprendiendo. Cuánto está afectando el devenir diario de la actividad y cómo puede afectar futuras inversiones: “Las ganas emprendedoras están siempre, no se acaban (no sé si ponerme contenta)”; “Las ganas emprendedoras hay que separarlas del contexto, pero hay contextos que impulsan y otros que retraen”; o “La pregunta debería ser... ¿cuánta gente, en este contexto, tiene ganas de empezar un emprendimiento?”; “El desafío ya no es apoyar a los emprendedores, sino lograr que no se vayan del país”; “Nos enojamos, rezongamos, pero los empresarios siempre tiramos para adelante” ; y, por último, la palabra que define al año: “somos optimistudos”.

Los empresarios reclaman año tras año previsibilidad. Les gustaría tener reglas claras que, de alguna manera, brinden algo de certidumbre al contexto. Y la referencia a la clase dirigente es constante y muestra el desamparo a la hora de respuestas claras por parte de los gobiernos. 

“El sistema argentino te obliga a ser más eficiente, pero no para tener más rentabilidad sino para no fundirte”; “Con este esquema solo lograran fundir a las empresas”; “Nos sentimos ninguneados”. “No entienden que la plata no sale mágicamente de los cajeros automáticos”. “Faltan liderazgos para enfrentar los problemas”; o “La dirigencia no está dispuesta a renunciamientos para lograr acuerdos”. “Argentina es una Caja de Pandora: no sabes con qué te vas a desayunar cada mañana”; “Les pedimos que nos dejen trabajar”; “Venimos postergando las soluciones de fondo” y “lo político no nos lleva a ninguna parte”.

Las preocupaciones económicas son consistentes y comunes a todos: inflación y limitación a las importaciones se conjugan con la diversidad inusitadas de tipos de cambio, y el fantasma de la sequía que podría augurar una crisis todavía mayor para el 2023 que se condice con un dato que a muchos les ha pasado por alto, pero es importante tener en cuenta para prever lo que viene: “En 70 años solo hubo tres períodos de sequía (La Niña): en 1973 al 76, en 1999 a 2001, y este de ahora que comenzó en 2021”. 

La agenda que maneja el país está cada vez más separada de lo que acontece en el mundo. El cambio de paradigmas que está aconteciendo impiden encontrar explicaciones a la realidad nacional. Los preceptos que queremos aplicar ya no existen. Hasta que no entendamos esto, seguiremos dando vueltas en círculos y alejándonos de las verdaderas soluciones. 


Las perspectivas, por primera vez para abajo

El optimismo que caracteriza a los empresarios, como ya dijimos, trabaja como escudo de contención, para dejar de lado los problemas y seguir para adelante. 

Pero la testarudez puede entender de realidades. A la hora de definir si 2023 será un año mejor, igual o peor que el que acaba de terminar, el sondeo marcó -por primera vez en 15 años- que las expectativas son más bien pesimistas. Para el 48% de los consultados el año próximo será más difícil que el actual y un 32% que será igual de complejo. En este último grupo hay que aclarar que una tercera parte de quienes dijeron “igual”, calificaron al 2022 como regular. Solamente el 20% dijo que esperaba un año mejor y, de esos, varios vienen de calificaciones bajas. 

No caben dudas que 2023 será un año complejo. Las lluvias y cómo se produzcan en las primeras semanas de enero pueden ser determinantes en varios aspectos. Argentina necesita dólares. El campo es el principal proveedor. Y más en Entre Ríos, donde la actividad agropecuaria repercute en cada ciudad de la Provincia. Un año sin cosecha se refleja rápidamente en todo el entramado económico de cada región.

En este contexto tendremos elecciones presidenciales, provinciales y municipales. La dirigencia política, cada vez más esquiva y alejada de entender realidades, vuelve a meterse en su mundo. Las internas son la única preocupación. Saliendo de la interna, solo preocupa cómo mantenerse o llegar al poder. El tema es que no sabemos para qué. ¿Cuál es el objetivo de seguir o llegar al poder si van a seguir aplicando las mismas recetes perimidas que solo han logrado profundizar la pobreza? La Grieta es un gran negocio. Para todos. Mientras los antagonismos continúen solo necesitarán hablarles a sus seguidores de lo mismo que siempre quieren escuchar. Discursos vacíos. Dialéctica. Nada de hechos. 

Es necesario un golpe de realidad. Los dirigentes políticos necesitan un golpe de realidad. Ni siquiera el mundial y el ejemplo que dio el EQUIPO argentino les permitió entender algo. Fueron incapaces de organizar nada. Siguieron con medidas ridículas, antojadizas y distractoras, como un “feriado nacional” para todo el país. El EQUIPO de fútbol demostró que el camino es el trabajo. El dejar de lado los “protagonismos” en pos de los objetivos claros. La humildad y el compromiso. El poder de entender cada momento, estudiarlo a fondo y adaptar los recursos para encontrar la mejor manera de encarar una respuesta a eso. En definitiva, tener bien en claro el horizonte y trabajar en consecuencia. Sin sacrificio no se logran estos resultados. 

Argentina no saldrá adelante mágicamente con buenas noticias. Los privilegios han llegado a niveles insostenibles. Deberemos hacer renunciamientos. Todos. Y eso dolerá. Pero más dolerá seguir como si nada ocurre. 

“Me asombra el miedo de los empresarios de decir realmente lo que piensan y enfrentar a los gobiernos (…) preocupa la involución en las libertades para todas las actividades del sector privado”.

El sector empresario no tiene peso específico en la política argentina. Y en vez de buscar hacerse escuchar, cada vez pierde más espacio frente a las organizaciones sindicales o movimientos sociales, y siguen siendo representados como “los responsables de la inflación por la suba de precios”. 

La clase política ve a los empresarios, a los productores agropecuarios o a cualquier emprendedor serio como a verdaderos “optimistudos”, que sin importar cuánto se los apriete impositivamente, cuánto se les cambie las reglas de juego, cuántos se les prohíba o exija hacer, siempre seguirán siendo los malos de la película... que, además, siguen para adelante, invirtiendo y generando trabajo. Por lo menos hasta que se fundan. 

Para la clase política, la segunda parte del acrónimo no es por “testarudos”. Da la impresión que, en varias ocasiones, los toman por boludos ¿Hasta cuándo será?


Cuando la clase media no tiene la valentía de unirse