Las áreas protegidas como “activo ambiental”
Balance integral de una empresa
Por Julián Alberto Sabattini, Ingeniero Agrónomo - Especialista en Manejo de Recursos Forestales y Doctor en Ingeniería 

Como es de público conocimiento, el cambio climático es una realidad actual en la cual la sociedad está siendo afectada de forma directa e indirecta, y las tendencias a futuro no son para nada alentadoras dado que sus efectos serán incrementados con el transcurrir del tiempo. 

Este fenómeno trae como consecuencias directas cambios radicales en las condiciones meteorológicas, en particular la temperatura y las precipitaciones; como así también, indirectas que afectan a la salud humana con la proliferación de nuevas enfermedades y plagas.

Actualmente existen numerosos grupos de trabajo científico en el mundo que intentan simular las condiciones medias del futuro. Existe abundante evidencia sobre las causas que llevan a alterar el equilibrio de la tierra y no hay dudas que los gases de efecto invernadero tienen un alto impacto, en particular el aumento en las concentraciones de dióxido de carbono (CO2). 

A partir de la era industrial, el CO2 aumentó exponencialmente, aun desconociendo cuáles son los nuevos valores de normalidad. La quema excesiva de combustibles, la liberación de gases debido a la acción industrial, los cambios en las coberturas de la tierra en el mundo, como las acciones que las personas llevan constantemente, son algunas de las causas más importantes que contribuyen a aumentar el CO2 mundial. Es decir, toda actividad antrópica genera un impacto sobre la producción de gases de efecto invernadero. 


Sin embargo, no debe atribuirse todo el peso relativo a la sociedad porque en el planeta conviven numerosos seres vivos animales y vegetales que también emiten estos gases, pero los mismos se encuentran en equilibrio con el sistema natural. La ruptura del equilibrio es provocada por el hombre, forzando aún más las reacciones, en términos químicos, actúa como catalizador de la reacción. 

Por tal motivo, desde hace más de medio siglo, todas las actividades primarias, secundarias y de servicios han observado que sus acciones deben ser sustentables en el tiempo reduciendo el número de emisiones anuales. A tal punto que, así como realizan un balance contable sobre la relación entre el ingreso y egreso de dinero, cada vez más frecuente son los balances de carbono. 

Es innegable que cualquiera actividad produce una determinada cantidad de emisiones y debe procurarse reducirlas a un mínimo permitido. Estas son consideradas “pasivos ambientales” y deben ser estimados en forma holística. 

El pasivo ambiental

Originariamente, para ello se desarrolló la “huella ecológica” como un indicador ambiental de carácter integrador del impacto que ejerce una cierta población, país, región o ciudad sobre su entorno. La misma corresponde al área de terreno necesario para producir los recursos consumidos y para asimilar los residuos generados por una población determinada con un modo de vida específico, donde quiera que se encuentre esa área. 

Del mismo modo, es posible contabilizar cuál es el impacto ambiental de cualquier producto o servicio transformándolo en una medida cuantitativa. 

Aquí es donde marco uno de los puntos críticos en cualquier empresa, que es estimar cuáles son las emisiones generadas durante todo el proceso productivo hasta llegar al producto final o servicio. Una vez realizado, en segunda instancia deben tomarse todas las medidas necesarias para mitigar los efectos producidos hasta un valor mínimo. Es decir, y nuevamente reiterando mi afirmación antes mencionada, toda actividad primaria, secundaria y/o de servicios genera impacto sobre el ambiente, pero el objetivo central es intentar que sea mínimo. Estas emisiones mínimas generadas van a constituir un “pasivo ambiental”, es decir una deuda que tiene la actividad productiva por los daños ambientales. Los mismos pueden afectar a la sociedad y el Estado puede reclamar acciones para equilibrar el balance. 

Este concepto nace en la década del ’60 por la Organización Marítima Internacional, quien utilizaba el término de “daño ambiental” como sinónimo, y a partir del 2000 se comenzó a definirlo con la economía ecológica. 

En términos más detallados y a modo de ejemplo, se considera pasivo ambiental a aquellas instalaciones que generan efluentes, emisiones, o bien que almacenan restos o depósitos de residuos producidos por las operaciones de la propia actividad tanto en la actualidad como abandonadas o inactivas, entre otras acciones. Esto, sin dudas, constituyen un riesgo permanente y potencial para la salud de la población, el ecosistema circundante y la actividad per se.

Asumiendo responsabilidades

Ahora bien, la pregunta queda al descubierto y un tanto desconocida ¿Cómo puede saldar una empresa ese pasivo generado? 

La respuesta es más conocida por los empresarios, a través de un impuesto. El impuesto al carbono es de aplicación mundial, un impuesto medioambiental sobre las emisiones de gases de efecto invernadero que generan las empresas, y que pretende reducir su expulsión a la atmósfera. 

También es llamado tasa sobre las emisiones de carbono, impuesto sobre el carbono, contribución climático-energética, o también prima de carbono, tal como lo propuso el ingeniero francés Jean-Marc Jancovici. 

El mismo es una opción abierta que firmaron las naciones en el Protocolo de Kyoto a fines de los 90’ y el reciente Protocolo de París en el año 2016 entre 195 países del mundo. 

Muchos han adoptado diferentes estrategias, algunas más simples y directas como por ejemplo lo que hizo la Argentina, mientras que otros más integrales que incluyen a todos los engranajes del aparato productivo como sucede en Europa desde hace más de 20 años. 

Dentro del conjunto de leyes que constituyeron el Proyecto de Ley de Reforma Tributaria de 2017 se incluyó un impuesto al dióxido de carbono. El proyecto de ley incluía en su cuarto capítulo un impuesto a los combustibles y al dióxido de carbono, es decir, gravar a los diferentes combustibles fósiles en función de su potencial de emisiones de dióxido de carbono.

Los sujetos comprendidos eran los productores e importadores de los combustibles para su uso final, como también las empresas que refinen, produzcan, elaboren, fabriquen o tengan combustibles líquidos, o bien, derivados de hidrocarburos en todas sus formas. Del mismo quedan exentos del tributo aquellos agentes que utilicen los combustibles como insumos para la elaboración de otro bien, entre otros. 

Sin embargo, este instrumento aún queda exento a compensar el pasivo ambiental generado por cualquier actividad independiente de los directos del petróleo. 

Por este motivo, y ante la desregulación tanto en la esfera mundial como local, muchas empresas han utilizado el mercado de carbono -también conocido como bonos de carbono- para saldar su deuda ambiental y equilibrar su balance. 

Si bien en gran parte de las actividades actualmente no resulta obligatorio, los mercados internacionales europeos y asiáticos desde hace una década, han comenzado a requerir que las empresas exportadoras demuestren su balance de carbono neutro. 

Áreas naturales en los balances privados

Localmente el pedido no es explícito, pero la sociedad ha manifestado y comenzado a reclamar fervientemente por esta deuda generada -que nuevamente vuelvo a resaltar- es imposible evitarla si las cosas se hacen correctamente en el proceso productivo. 

En tal sentido nuestra provincia y la región cuenta con un activo ambiental muy destacable: nuestras áreas naturales. 

Las áreas naturales pueden ser públicos o privadas, siendo estas últimas las que en los últimos años han tomado importancia en la provincia de Entre Ríos, fundamentalmente en las áreas de bosques nativos.  

En las mismas se valorizan dos activos económicos y ecológicos importantes: por un lado, la actividad ganadera bajo principios de sustentabilidad; y por otro, la conservación de los componentes más destacados de los recursos naturales de la provincia: el suelo, el agua, el aire y el bosque. 

En este sentido, los ecosistemas son activos ambientales que permiten contrarrestar las emisiones que no pueden ser evitadas por las actividades primarias, secundarias y/o servicios. Los bosques nativos son sumideros de carbono, es decir, almacenan el carbono de la atmósfera en sus estructuras, permitiendo disminuir localmente los gases de efecto invernadero. 

Estudios recientes en cercanías de la localidad de Paraná arrojan datos interesantes en la cual se analizaron todos los componentes del sistema boscoso. Los resultados indican que una hectárea de bosque nativo con un nivel de conservación alto, es decir, con dominancia de algarrobos, ñandubayes y espinillos, permite almacenar más de 200 toneladas de carbono por hectárea. 

Una condición de conservación medio a bajo, con alta infestación de arbustivas, permite almacenar más de 150 toneladas de carbono por hectárea. Desagregando la información, el carbono del suelo representa el 30% cuando el nivel de conservación es alto, mientras que es del 50% cuando es medio a bajo. 

Si consideramos un establecimiento agropecuario con 250 ha de bosque nativo bajo un esquema de área natural protegida en la cual no se desmonta, y asumimos que las emisiones per cápita del país para el año 2018 fue de 4,7 t CO2, permitiría sostener las emisiones de más de 400 personas en el año. Es decir, por cada hectárea, las emisiones generadas de 1,6 personas durante todo un año, lo cual se demuestra el potencial que tienen las áreas naturales protegidas en nuestra provincia como “activos ambientales” que deben tomar un valor económico importante para las actividades productivas. 

Existe una problemática tangible y claramente observable que es el ‘pasivo ambiental’ generado, pero también, existe de la misma forma, un ‘activo ambiental’ local que puede equilibrar la balanza de las empresas. Por lo tanto, la iniciativa privada será la encargada de mover el mercado de los bonos de carbono a nivel provincial teniendo en cuenta que la misma, posee un potencial económico y ecológico de gran magnitud. 

Un año pandémico ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de los sistemas urbanos, y nos ha permitido comprender la importancia de conservar un ambiente sano y saludable. 

Las empresas sustentables entienden perfectamente que necesitan del mismo con un balance integral y es el momento de desarrollar este mercado para salir a las puertas del mundo exportador como líderes en carbono neutro. 

La provincia de Entre Ríos claramente tiene un potencial altísimo para ello. 

Señor presidente, ¿qué le pasa?
Opinión