La Universidad ante el desafío de vislumbrar nuevas formaciones
Educación

Las Universidades son un gran factor de transformación y en la actualidad se encuentran ante la incertidumbre de imprimir cambios culturales que contribuyan a mejorar las condiciones sociales y económicas en un contexto que prevé la necesidad de personas competentes que puedan vincular información y eso hace pensar en la creación de nuevas carreras que, por el momento, son una incógnita.


Por Paola Ponroy
Periodista

Atravesamos un momento bisagra, con un cambio cultural y económico que inicia un nuevo capítulo en la historia mundial y anuncia modificaciones radicales, donde el desafío es echar mano a nuevas herramientas de formación educativa que suponen enseñar y aprender con otras lógicas.

La profesionalización, tal como la conocemos, está en un período de crisis y las Universidades experimentan la urgencia de cambiar la lógica de la instrucción, estableciendo patrones que formen a personas competentes para vincular información al ritmo vertiginoso de los cambios tecnológicos, alumbrando –asimismo-, el nacimiento de carreras que, por el momento, hasta pueden ser desconocidas.

“Se necesitan más solucionadores de problemas, especialistas que logren tener las competencias necesarias para resolver los inconvenientes de la industria, de las empresas, de la gente; por eso creo que en el futuro no habrá ingenieros, doctores o licenciados, sino personas competentes con los conocimientos que se requieran para poder vincular la biotecnología con los negocios, los contratos con las leyes, con la medicina, con todo lo que sea necesario resolver”, avizora el Rector de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), Enrique Mammarella, recientemente reelecto para el período 2022-2026.


Rector de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), Enrique Mammarella


En esta proyección, el doctor en Ingeniería Química vislumbra un futuro (cercano) en el que ya no será trascendente el título de médico, abogado o ingeniero, sino que habrá carreras diferentes “que no sé cuáles serán, y eso supone armar un gran bloque donde cada uno construya la pared con los ladrillos que necesita”.

Esta definición imagina un enorme desafío cultural en un país donde la colegiación es el norte de gran parte de la población que logra acceder a una formación académica, “y las propuestas educativas de las Universidades serán uno de los grandes problemas a resolver”, admite. 

En este contexto, la inquietud inmediata es saber por dónde se empieza a cambiar la oferta académica, atendiendo las demandas y necesidades actuales, sobre todo porque hay formaciones que no se enseñan en ningún lado. “Un ejemplo de ello es saber manejar una motoniveladora con todo el equipamiento de electrónica que posee: ¿dónde se forma?, ¿de qué escuela egresa alguien que sepa lo suficiente sobre electrónica o todo el software que tiene una cosechadora o una máquina agrícola y que pueda resolver los problemas en el momento?”, se cuestiona el Rector de la UNL. “Necesitamos que lo más básico, que antes lo hacía un tractorista o alguien que tiraba de un arado, sea interpretado con sus variables en el tiempo y tenemos que dar herramientas para resolver esas posibilidades desde mucho más temprano. Sabemos que la matemática es importante, pero casi ninguna de nuestras escuelas enseña lógica ni robótica, entonces la inquietud es saber desde dónde pensamos construir ese conocimiento lógico que queremos que después se aplique”.

Ampliando el concepto, Mammarella subrayó que, en nuestro país, por primera vez una escuela secundaria puso un micro satélite en el espacio “y esto en otros países es competencia de escuelas secundarias desde hace mucho más tiempo, entendiendo cómo funciona la electrónica”.

“Hace mucho tiempo atrás, la lógica de nuestros programas en la primaria y en la secundaria tenían que ver en cómo la tecnología se vinculaba con el funcionamiento de la vida diaria; hoy eso no se discute ni se le pregunta a un niño que tiene un teléfono celular cómo funciona, por qué tiene 3, 4 o 5G; en qué nos cambia, qué nos permite hacer, si lo quieren sólo por el consumo o porque realmente tienen posibilidad de realizar cosas diferentes”, haciendo hincapié en los cambios que se están produciendo y sobre los cuales nadie se hace preguntas para obtener información.

“Consumimos cada vez más datos enlatados y nos informamos a través de las redes sociales, lo cual nos hizo perder la capacidad de lectura y de imaginación; de dónde salta la innovación, de dónde surge la creatividad, cuál es el lugar donde nos permitimos salir de un dispositivo electrónico o de un texto reglado que ya no es de actualización general, sino que es básico”, se pregunta.

Sobre esta base, Enrique Mammarella infiere la urgencia de cambiar la lógica de enseñanza que las Universidades sostienen, sustentadas en la modalidad del siglo XX que las instaló como locomotoras de la educación.

“La Universidad tiene que ser la responsable de la cadena de valor de la educación, y para eso es fundamental empezar a mirar el último vagón para no dejarlo atrás; antes la Universidad avanzaba con la fuerza de la locomotora y no se fijaba si algún vagón se iba desenganchando, pero hoy necesitamos ser responsables de todo el proceso y pensar desde el último al primero,  generando economía de conocimiento, empezando a ver qué nos falta producir para las pequeñas cosas que necesitamos desarrollar en el país”, sentencia.

En cuanto a las “pequeñas cosas” que se requieren, menciona como anécdota lo sucedido durante la última pandemia con las vacunas: “teníamos el principio activo, pero no podíamos filtrar y dependíamos de un convenio con México, que tampoco tenía el filtro, sino que lo poseía Estados Unidos; y hasta que ese país no utilizó toda la cantidad de vacunas que necesitaba, no permitió que saliera ese principio activo; entonces teníamos el conocimiento para hacerlo, pero el problema es dónde están nuestros artesanos, nuestros técnicos, y esta es la consecuencia que estamos pagando de algunas decisiones que se tomaron hace tiempo”.

Reconociendo el contexto y pudiendo mirar en perspectiva, la pregunta inminente es de qué manera se comienzan a ejecutar los cambios para que la innovación sea un trabajo colectivo, con una lógica diferente que posibilite relacionar las cosas de otra manera, poniendo en valor las múltiples competencias.

“Necesitamos un consenso para poder hacer los cambios, que son culturales y se demoran”, admite. “Lo que antes era la iniciación temprana de la educación a los seis años, ahora es a los tres y es una primera medida para pensar en dos aspectos: uno es la necesidad de la educación, otro es qué educación le vamos a dar a cada uno de los niveles y, fundamentalmente, trabajar muy fuerte para que se hagan preguntas”, insiste.

“Creo que debemos ser optimistas, más aún estando al frente de una institución que vende futuro a jóvenes, que tiene que convencerlos de que la educación es una salida, un elemento de movilidad social y que el país tiene futuro; si no estuviera convencido no lo podríamos hacer. Hay que trabajar fuertemente, aunque los pequuños cambios no alcanzan para ver la transformación a la velocidad que uno quisiera, pero cualquiera de nuestros profesionales está muy bien visto en el mundo, tiene las competencias para poder desarrollarse”, valora. Al tiempo que se permite una autocrítica: “Tenemos que cambiar la manera en la que afrontamos la inmediatez, la urgencia que nos hace permisivos y terminamos atando con alambre las cosas, pero no resolvemos los problemas y habitualmente ponemos un parche y luego otro hasta que en algún momento revienta todo y eso no lo podemos permitir más”.

El Rector de la UNL considera que es momento de que la Universidad salga de la “soberbia” de quien enseña para pasar a aprender del resto, y así dejar de esperar que alguien traiga las soluciones. “Hay que tratar de ver cómo recuperamos la potencialidad que se necesita y ponernos al servicio, no sólo para generar profesionales que van a ir a ocupar los lugares que hoy están en el mercado, sino, fundamentalmente, cómo hacemos que el mercado cambie, lidere y traiga desarrollo en nuestra región”, enfatiza.

“Esta Universidad está comprometida con el territorio de trabajo diario en el cual está inserta fuertemente para poder recuperar desde el último nivel de conocimiento más bajo que se pueda tener en nuestro país al más alto, y amalgamarlo tratando de armar un único proyecto de país que permita desarrollar economías que beneficien a la gente y, fundamentalmente, que cada graduado pueda sentirse embajador, agente de cambio; si entendemos que quien se va de aquí no sólo se lleva un diploma sino que se lleva consigo la Universidad para transformar el lugar en el que está, creo que es ese el pequeñito cambio que a la larga nos permitirá mostrar el camino hacia donde la Argentina puede ir”, concluye.



Entre el desconocimiento y las limitantes para su desarrollo
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