La pandemia somos nosotros
Opinión

El Dipy, un fenómeno popular multimediático, de 44 años, nacido en Gualeguaychú, cantante de cumbia villera, dijo hace poco que “Aman tanto a los pobres que los multiplican”

Por Roberto Trevesse - Licenciado en periodismo y comunicación

La Argentina tiene un enorme pasado por delante, que se oculta por sectores ideológicos en pugna, cada uno a su manera y conveniencia. Cuanto menos se sepa y uno menos se meta, mejor. Se trata de una rutina constante, premeditada, de ocultar hechos del pasado, que nos conduce a un futuro donde se repiten los mismos fracasos de aquellos años trágicos, para lo cual se hablaba y se actuaba con sistemática violencia.

Toda esa desmemoria, manipulada por el poder político con el apoyo de otros grupos heterogéneos, más allá de todo lo que se pueda imaginar, ha provocado un profundo vacío en la democracia renga que supimos conseguir.

Además, ha ocasionado problemas crónicos para poder lograr recordar todo lo que nos pasó. Se banalizaron tantos hechos importantes que tienden a olvidarse ciertas cosas. Esto nos llevó a que se elabore una memoria incompleta y/o sintetizada. 

La gran mayoría de los menores de 50 años de la clase media, no les interesa la política ni el pasado, están muy ocupados con los negocios de todo tipo que les pueda dar rápidamente una vida venturosa y cómoda. 

Lo propio ocurre con gran parte de los menores de 40/45 años de la clase baja que, por ignorancia educativa y cultural, no saben realmente que nos pasa como país, como sociedad y solo actúan por instinto o por un sentimiento de desamparo o abandono.

Las libertades individuales están plasmadas en la Constitución para que estén frescas en la memoria de los gobernantes, quienes no quieren comprender –miran para el costado- que son nuestros representantes, no nuestros “jefes”. La verdad es que los ciudadanos no ejercemos como se debe, nuestras prerrogativas que nos indica con claridad la carta magna. Es más, desconocemos en general nuestros derechos. También -no debemos olvidar- que la clase política bastardea la Constitución y las Leyes con decisiones llamadas decretos de necesidad y urgencia (DNU). Es lamentable como se distorsionan la interpretación de las normas legales, llámese ley, decreto o reglamento que deberían respetarse a raja tabla.

Por otro lado, tanto el gobierno nacional como los gobiernos provinciales generan en el Congreso y en las Legislaturas, respectivamente, Leyes que son importantes, pero que no resuelven nuestro presente de país empobrecido que deambula sin un timón firme que nos permita primero desarrollarnos en el plano económico y social, según cada región, con el agravante que en el plano internacional dejamos de ser representativos y nos quedamos sin una identidad plena, a tal punto que el mundo dejó de respetarnos. En realidad, en el concierto global tenemos una política ambivalente y timorata, queremos quedar bien con unos y otros, por lo cual, el desprestigio como país es muy grande.

Hoy se ha puesto nuevamente en el tapete un tema que es la esencia de la democracia, como lo es la “libertad de prensa” en nuestra nación. Esta cuestión es de una gravedad absoluta que solo ocurría en gobiernos defacto cívico-militares.

 La libertad de prensa es un tema –históricamente- como uno de los atributos fundamentales y significativos de una República con mayúsculas.

Dentro de una región latinoamericana, cruzada por gobiernos autoritarios y/o institucionalmente débiles, cabría preguntarse si los valores de nuestra libertad de prensa están tan vigentes, o si los gobiernos han encontrado de manera solapada, disimulada para el colectivo social, una forma de comprimir la información a temas mundanos del orden local o trágicamente espectaculares como pueden ser -entre otros ejemplos- la guerra entre Rusia y Ucrania, o por caso, los incendios de Corrientes que destruyeron –lamentablemente- entre un 12 o un 14 por ciento el territorio de esa Provincia; o la interminable “negociación” de la deuda externa con el FMI, cuyo “gurúes” de la economía con su abrumadora presencia mediática nos atormentan hasta la paranoia.

Queda claro que la tentación de coartar la libertad de expresión va camino a convertirse en un culto grave y desmesurado a la censura. Tampoco hay que olvidar lo que se denomina como la “cultura de la cancelación”, especialmente a partir de la Pandemia.

¿Qué significa? Pues bien, para que todos podamos comprender, la llamada “cultura de la cancelación” es una forma moderna de ostracismo o exclusión contra alguien que se considera que actuó o dijo algo de manera inaceptable. El individuo “cancelado”, generalmente una celebridad, puede ser rechazado socialmente o boicoteado profesionalmente.

No hay que olvidar que los medios de comunicación “hegemónicos” por un lado y los gobiernos por el otro, deben lidiar no solo con los miles de trolls profesionalmente organizados, sino también con aquellos solitarios.

Estamos hablando de técnicas muy bien estudiadas para ejercer la desinformación o para confundir a ciudadanos de a pie. Por eso nos debemos preguntar ¿Cuándo empezó la cultura de la cancelación?

La cancelación como tal surge en las redes sociales, alrededor del año 2010 en Twitter, pero está unida al rechazo o reprobación de voces tanto disidentes, como internas de un grupo social, con el agravante que se puede llevar a cualquier parte del planeta, gracias a la instantaneidad que nos “regaló” la tecnología. 

Por otra parte, no puedo evitar no referirme al excelente artículo publicado el 16 de febrero último, en el diario La Nación, titulado “Mejorar las democracias que tenemos” por Fernando J. Ruiz, quien es profesor de Periodismo y Democracia de la Universidad Austral y ex presidente del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA). A tal punto lo leí y releí que les sugiero que lo lean, como punto de referencia para comprender lo que nos pasa.

Comienza diciendo que “Hay que ser sensibles a la “temperatura” de la relación entre poder político y periodismo; las experiencias en Rusia y China encienden una luz de alerta”. Luego nos señala que “En las democracias la relación entre la política y el periodismo tiene también altos grados de calor. El día a día de los políticos depende mucho de cómo el periodismo presenta la información, por lo tanto, siempre quieren incidir. No llega a la temperatura de la desaparición, pero puede ponerse en la antesala de un cambio de reglas de juego. Por eso hay que ser sensible frente a los cambios del termómetro en relación con la prensa”.

Más adelante destaca claramente que “En la Argentina, a pesar de las casi cuatro décadas de democracia sin pausa, los servicios de inteligencia posiblemente nunca dejaron de espiar a periodistas, con o sin cobertura judicial. Entre sus últimas víctimas estuvieron Hugo Alconada Mon y Rodis Recalt”.

Nos recuerda que “También hubo ataques al más alto nivel para destruir la reputación de periodistas críticos. En julio de 2020, por ejemplo, voceros importantes del oficialismo recorrieron los medios afines acusando al periodista Luis Majul de formar parte de una asociación ilícita, incitando a su detención, al mismo tiempo que el juez de la causa allanaba una redacción para pedir unas escuchas…”

Uno de los casos más graves fue el de “… Daniel Santoro, a quien involucraron durante dos años en una causa ajena. En su último libro, “La batalla final de Cristina”, Santoro describe el diseño de la operación Puf para voltear la causa de los cuadernos”. 

Señala en su nota que “En las provincias hay más desamparo. (…) los voceros y abogados de los funcionarios los acosan construyendo un coro de difamación, intentando destruir la honra de esos profesionales. Por supuesto, el peor enemigo de estos periodistas hostigados no son los malos jueces ni los abogados sin ética, sino su prensa megáfono que amplifica esas ficciones jurídicas y contribuye como nada a la destrucción de la reputación de sus colegas…”.

En uno de los párrafos de esta nota esclarecedora para saber dónde estamos parados, expresa que “… las dictaduras controlan a los medios para fijar una narrativa que oculte las violaciones de los derechos más básicos, mientras que en las democracias el esfuerzo de algunos políticos es para ocultar corrupciones diversas y lograr coberturas favorables”.

Cierro esta nota con esta reflexión que refleja con exactitud nuestra realidad social: Los héroes nacen de la indiferencia humana ante el sufrimiento ajeno. 

Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos. La indiferencia es el apoyo silencioso a favor de la injusticia. Por lo tanto nosotros somos la Pandemia.

La presión tributaria creció 75% en 10 años
Informe del CEER