Fósiles versus biocombustibles, una mirada neutral
Desarrollo energético
Por Martin Pagliaro
Director de Mercados Renovables SRL

Para comprender el panorama actual de los combustibles, sean fósiles o no, y la importancia que a ellos les asignan las sociedades modernas, debemos bucear primeramente en sus orígenes, las necesidades que satisfacían o las problemáticas que trataban de resolver.

Si bien los combustibles se presentan hoy de la forma más variada y diversa, lo cierto es que su existencia obedece fundamentalmente a demandas del tipo energética. Las primeras sociedades organizadas satisfacían sus necesidades energéticas con la utilización del fuego, la aplicación de la rueda, la captación del viento, o el aprovechamiento de un torrente de agua. Ya en el siglo XVIII con la invención de la máquina de vapor de James Watt llegó el apogeo del uso de combustibles sólidos como la leña o el carbón, hasta que la industria del petróleo un siglo después las eclipsó. Hasta entonces, la civilización no demandaba grandes cantidades de energía, pero el auge del petróleo dio paso a una gran cantidad de inventos que utilizaban esa fuente energética y las sociedades se volvieron cada vez más demandantes y dependientes del recurso fósil. 

El reinado de los combustibles fósiles

Si nos vamos 200 años atrás en la historia, descubriremos que muchas de las patentes de invención que se promovieron por aquella época derivaron en importantes avances en el terreno de la ciencia y la medicina los que permitieron un aumento exponencial de la población mundial acelerando aún más la demanda de energía y provocando la sobreexplotación de los recursos fósiles. La consecuencia del exceso de combustión de hidrocarburos se fue haciendo evidente conforme pasaron los años a través de un incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y de la manifestación del cambio climático, dos caras de una misma moneda.

Según Nicholas Stern, un economista inglés que elaboró un importante informe sobre el calentamiento global y el cambio climático para el Reino Unido, “el cambio climático es el gran fracaso del mercado, nunca antes visto por el mundo”.

El sector energético hoy es responsable del 70% de las emisiones de GEI a nivel mundial, lo que implica que cualquier estrategia que apunte a mitigar el cambio climático deberá considerarlo. Es por ello que las energías renovables y la utilización de recursos renovables en general, volvieron a reaparecer con fuerza en los últimos años, más precisamente luego del acuerdo de París en la COP21 donde los científicos finalmente coincidieron en que el uso racional de la energía y las energías limpias son las formas más viables de reducir los GEI. 

Ese gran fracaso al que alude Stern se debe a que la actividad energética mundial hoy depende en un 80% de la matriz hidrocarburífera pese a que con todos los recursos renovables existentes en el planeta podríamos abastecer el 100% de la demanda global de energía, pero para ello se requieren de fuertes compromisos políticos y sociales. Las empresas innovadoras del sector renovable también debemos hacer nuestro aporte, sobre todo para demostrar que el cambio de paradigma lo podemos impulsar desde afuera del clúster energético dominante. Clayton Christensen lo describe muy bien en su ensayo “El dilema del innovador” donde explica cómo una empresa que ha alcanzado el éxito no se siente motivada a innovar, que es lo que ha venido sucediendo con las petroleras que siguen siendo rentables pese a los bajos precios del crudo (léase subsidios a los combustibles fósiles), y además tienen que justificar toda la logística armada. Este sistema sabotea la posibilidad de cambiar el statu-quo de las organizaciones que han mantenido el monopolio del mercado de la energía a lo largo de décadas. Una petrolera que innovó en un nuevo sistema de exploración y extracción de hidrocarburos luego no encontrará incentivos para diversificar su inversión hacia las renovables, porque sentirá que estará canibalizando la inyección de recursos hacia aquel sistema, el que, después de todo, es su “Core business”. Por eso, aquellos actores que vienen de la mano de las nuevas tecnologías de generación de energía, a los que llamo los de afuera “los outsiders”, son los que podrán promover el cambio en el modelo de desarrollo para revertir el proceso de fosilización de nuestra matriz energética. 

Un nuevo escenario es necesario

Hoy por hoy, el panorama energético se presenta diferente al de hace algunos años, con la presencia de muchos actores nuevos que se han involucrado en el sector de los biocombustibles y de las energías renovables y esto ha provocado varios efectos positivos y concurrentes, en términos de impacto social, ambiental, económico y energético.

Estamos frente a una posibilidad única de modificar nuestras pautas de consumo, el mundo está asistiendo a un cambio tan fenomenal y trascendental en el que se están comenzando a derribar muchos de los viejos preceptos, cambiamos de una economía basada en el producto a una basada en la red de todas las cosas, de una comunicación jerarquizada y verticalista a una más horizontal y flexible. El modelo de negocios que hoy predomina es descentralizado. Si pensamos en las tres grandes revoluciones industriales vemos que todas han provocado profundos cambios en la manera de producir la energía y en la manera de comunicarnos. Y en cada transición siempre ha habido sectores reticentes con privilegios pre-adquiridos que obstaculizaban el desarrollo de las sociedades en nombre de un falso progreso. Hoy todo es más descentralizado. En la primera revolución industrial la máquina de vapor posibilitó extraer más carbón de las minas y puso la piedra basal de la imprenta en gran escala lo cual permitió difundir las noticias a un mayor ritmo. En la segunda revolución industrial, el descubrimiento del petróleo impulsó el nacimiento de la industria automotriz procurando con ello una mejora en la movilidad de las personas y acortando las distancias entre los pueblos. La tercera revolución industrial se origina con el invento de los transistores y los componentes electrónicos, con ello fue posible diseñar un mundo cibernético en el cuál la Internet cambió por primera vez el paradigma donde la información deja de originarse en un esquema vertical y dirigida hacia abajo, estableciéndose en una lógica horizontal, descentralizada, al fin de cuentas, más democratizada y donde cada uno puede generarla. Con la energía y los combustibles está sucediendo lo mismo, la descentralización en la generación, o la generación distribuida, no es más que la confirmación de ese cambio de paradigma que se viene dando en los modelos de desarrollo económico de nuestros tiempos.

Los fósiles han contribuido en gran medida y lo seguirán haciendo por un tiempo más, al desarrollo y sostén de nuestras actividades, esa función clave y estratégica asignada al fósil ha sido la que de alguna manera ha explicado el apoyo incondicional estatal a la actividad hidrocarburífera, pero el mundo está migrando hacia una nueva era, la era de los gases, la era de la neutralidad de carbono, y ésta dinámica se debe más a la urgente necesidad de mitigar los efectos del cambio climático que al agotamiento de las reservas de petróleo.

En el contrapunto que plantea el título del presente artículo debemos entender la importancia relativa dada a cada combustible por el conjunto de la sociedad, pero ésta última debe ser clara y objetivamente informada para comprender qué se está comparando y poder exigir en consecuencia a sus representantes las medidas de acción a seguir en materia de legislación. Hoy, más allá de la diferencia de densidad energética entre combustibles de diverso origen, no podemos soslayar la relevancia que tiene el análisis del ciclo de vida de un producto, pues, éste nos dirá cuán carbonizante es su ruta de producción y, por ende, cuán nocivo es para nuestro clima en término de contribución de emisiones. 

En el caso de los fósiles, la biomasa original que los produjo hace millones de años capturó carbono de la atmósfera y hoy ese carbono se quema en otra era, aportando carbono neto a la atmósfera, rompiendo una condición de equilibrio ya establecida en millones de años y en la cual se ha permitido nuestra existencia como especie. Ese desequilibrio tiene un precio que la comunidad científica ha llamado cambio climático y al que ha intentado poner valor a través de los certificados de emisión.

Por el lado de los biocombustibles, la biomasa utilizada como recurso básico para su elaboración, abate carbono de la atmósfera en un período próximo a la utilización del biocombustible como tal, pero además, se elaboran otros subproductos y derivados tanto con la biomasa de origen (alimentos) como con la biomasa de descarte y residuos (biogás, glicerina, entre otros).

Legislación y futuro en Argentina

En referencia al tema subsidios, podría decirse que la ley 26.093 estableció el beneficio de dejar exento del impuesto a los combustibles líquidos y al dióxido de carbono a los biocombustibles, y que dichos recursos ahorrados hubieran significado para el fisco un ingreso adicional cercano a los U$S 10.000 millones en 10 años, lo cierto es que la industria petrolera cuenta con subsidios probados por más de U$S 24.000 millones en los últimos 10 años. 

Más allá de lo explicitado, Argentina se debe un verdadero debate frontal y de calidad, con todos los actores involucrados (sector público, privado, universidades, complejo científico tecnológico, petroleras, autopartistas, cámaras afines, etcétera), para constituir un acuerdo de fondo reflejado en políticas de estado de largo plazo en materia de desarrollo energético y económico en general; necesitamos un nuevo pacto de Rousseau que brinde un horizonte claro y de previsibilidad para el futuro de nuestras industrias y de nuestras economías regionales. 

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