En busca de Turbo Man: la odisea de comprar un auto importado
Crónicas de la Argentina

Hay una vieja y divertida película de Arnold Schwarzenegger, llamada “El regalo prometido”, donde un papá pasa por las situaciones más inesperadas para tratar de conseguir obsesivamente a “Turbo Man”, escaso juguete para su hijo en navidad. La película transcurre entre promesas, corridas maratónicas y disputas en busca del bien que todos quieren y nadie consigue. Cualquier similitud con la realidad no es coincidencia.

Por Diego Dumont

Querido lector: hace un año, seis meses y cinco días pisaba una concesionaria reconocida de mi ciudad para cambiar el auto. En realidad, es una camioneta que se fabrica en Brasil lo que yo quiero y que, para ser simpático, no voy a nombrar. La respuesta del vendedor fue “como son importadas, sólo se venden por plan de ahorro. De todas formas, tenés entrega asegurada a los 90 días, integrando un 25% del valor en dos meses”. No es lo que yo quería, pero accedí sabiendo que lo que me prometía no dependía en realidad de él, y lo que podía pasar (y finalmente pasó). 

Por supuesto, lo único que se cumplió es que hice el depósito. Intenté una baja del plan a los cinco meses y la respuesta fue que todo lo pagado hasta ese momento se devolvería recién al final del plan. Tenía la posibilidad de haber recurrido a Defensa del Consumidor, con los papeles que claramente me amparaban, pero para mí era una pérdida de tiempo y energía.  Preferí esperar. 

Al poco tiempo me llamó uno de los gerentes para decirme que me podían dar la camioneta pagándola de contado (que es lo que yo quise hacer desde el inicio), pero había gato encerrado: sobreprecio. La viveza criolla siempre. En noviembre del año pasado se cumplió un año del plan y quedé habilitado a licitar con la promesa de recibir la unidad en tres meses. Por supuesto, hace dos semanas recibí una comunicación de la empresa diciendo que, por razones ajenas vinculadas a las dificultades para importar de la marca, no hay novedades. 

Esto que cuento es el calvario de miles de argentinos con una receta simple de tres ingredientes: una concesionaria que vende lo que no tiene, un consumidor empecinado con un auto puntual (que sería yo) y un país “poco friendly” con las importaciones. Y ya sé que Usted está pensando lo mal que andaremos que a este tipo que escribe en este espacio le pasó semejante cosa. Más que nunca, en casa de herrero, cuchillo de palo dice el refrán. Cuando uno se deja llevar por la pasión se va todo al demonio. 

Ilustremos la situación del mercado con un poco de números: según el informe anual de la Asociación de Fábricas de Automotores -ADEFA-, en 2021 se produjeron en la Argentina 434.753 unidades (+69%) entre autos y comerciales livianos. Además, se exportaron 259.287 (+89%) y se importaron 145.400 (-10%).  Vale aclarar que la recuperación de los niveles de producción y exportaciones fueron incluso superiores a los valores pre pandemia, y que para las importaciones lo que hubo fue empeoramiento. Un cálculo rápido nos permite decir que se destinaron al mercado nacional unas 320.000 unidades: 55% nacionales y 45% importadas.  



De los autos importados, históricamente cerca del 90% proviene de Intrazona (pero léase Brasil) con la ventaja de no tributar ni tasa estadística (3%), ni el máximo permitido por OMC de derechos de importación con que se grava en Argentina a los autos (35%). El diminuto resto, es decir extrazona, se divide principalmente entre México y países de Asia. 

Si Usted quiere comprar un auto nacional la disponibilidad es muy alta, porque como le conté, incluso hay excedente exportable. A pesar de que muchas de las partes y piezas son importadas, hay cierta laxitud (ojo, no dije que sea un paraíso) para permitir su ingreso. Pero si la unidad que está queriendo comprar es importada, es como conseguir al “Turbo Man” de la película. Las concesionarias atraviesan un duro momento para conseguirla y los consumidores se alborotan. 

Hay dos problemas que enfrenta una marca para ingresar un auto al país. Primero, y dejando de lado explicaciones teóricas, las licencias -dependiendo de la posición arancelaria donde se ubica una mercadería- se dividen en las Automáticas (que salen siempre como el Quini 6) y las No Automáticas (lo contrario). Una licencia es información que el Estado tiene derecho a solicitar según el Acuerdo de Licencias de OMC (incorporado a nuestra legislación por Ley 24.495/94). Las Automáticas deben ser aprobadas dentro de los 10 días hábiles y las No Automáticas dentro de un máximo de 60 días corridos. Pero el Ministerio de Desarrollo Productivo, baja el pulgar a menudo y sólo posibilita la importación a cuenta gotas. Esto no es legal y ya nos ha valido denuncias en OMC y represalias en el pasado (algo que puede volver a ocurrir).   

Segundo, las concesionarias se encuentran ante una odisea para pagar al exterior debido al complejo y cambiante entramado de la normativa del BCRA. Dentro de un montón de requisitos, lo más determinante es el insuficiente cupo que se otorga a las empresas para poder pagar sus importaciones con antelación a que sean embarcadas. Encima, ante un país que vive crónicamente al borde del Default, son pocos los proveedores que nos dan cuenta corriente. Cada jueves, los importadores temen que las reuniones del Directorio del BCRA finalicen por la noche con nuevas y sofisticadas normas. Reina la inseguridad jurídica. 

Estos días fueron noticia porque, ante la escasez de oferta, los modelos usados se venden por sobre el precio de lista de los modelos nuevos (que son una foto en un catálogo). Hablo del precio de lista, porque nunca falta algún gerente que ofrezca una unidad con entrega inmediata a valores inflados.  

Con este panorama, mi consejo final es que sólo se embarque en un “Turbo Man”, es decir, un importado si es testarudo como quien escribe esta columna; si puede esperar sin apuros; o si está dispuesto a pagar más de lo que debería. 

Profesionalización o muerte
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