El poder es colectivo
Mujeres liderando

Hay cada vez más mujeres que asumen la decisión de gestionar y dirigir accediendo a la economía y las finanzas empresariales, tomando decisiones en conjunto, porque lo femenino no entiende de individualidad ni verticalismo, sino de nutrición, acompañamiento y empatía que se consolidan en lo grupal, con todas y con todos.

Por Paola Ponroy - Periodista

La perspectiva de género es un tema que hay que resolver en todos los ámbitos y eso incluye al empresariado y a los dirigentes.

Los estereotipos culturales impuestos durante más de un siglo hicieron que la sociedad naturalice que las mujeres no puedan ser tan buenas como los hombres en determinados sectores, sobre todo en aquellos en los que predomina el manejo del poder, la generación y administración de recursos, inversión de dinero y manejo de personal, desde un verticalismo que se viene erosionando por el desgaste que provoca la falta de ecuanimidad. 

Hay un cambio cultural –por ende, de paradigma- que comenzó a principios del siglo XXI y es un impulso irrefrenable que revaloriza la energía femenina, como algo potente y necesario de recuperar para salvarnos como humanidad.

Mientras se va produciendo esta variación de época, hay quienes siguen resistiendo, atrincherados en posturas que no hacen más que ratificar que el cambio llegó para quedarse y que es inevitable lo que se viene, porque ya está sucediendo.

No obstante, el sesgo machista aún se niega a disolverse, porque a los hombres la cultura les endilgó el peso de tener que saber ejecutar y resolver de manera efectiva, ubicando a las mujeres como acompañantes, ignorando que en lo femenino está la sabiduría de ir a la par, sosteniendo y desarrollando la resiliencia, que es la que nos prepara para enfrentar la adversidad.

En la provincia de Entre Ríos sólo el 9% de las industrias están lideradas por mujeres y de cada diez personas empleadas, sólo dos son mujeres.

Llegué a la entrevista con la consigna y el desafío de observar con ojos feministas (un cristal con el que todas tenemos que mirar y mirarnos) a cuatro mujeres empresarias de las cuales no sabía más que sus nombres. Me dispuse, no sin antes tejer una red de prejuicios que me instaban a pensar en que escucharía relatos de experiencias de mujeres que conducen como varones, concibiendo el poder desde lo masculino que, desde mi mirada, es verticalista.

La sorpresa fue grande y me obligó a repensar mi propio posicionamiento en la lucha (porque así la siento) que las mujeres venimos protagonizando para recuperar derechos que nos pongan en igualdad de condiciones. 

Esperaba escuchar su demanda de igualdad, su desgaste por la batalla diaria de pulsear poder con varones que van en su desmedro. Pero no. Me encontré con cuatro mujeres empresarias que son ejecutivas, con poder de mando, que tienen mucha decisión y firmeza, que entablan los vínculos desde la empatía y no están dispuestas a perder el tiempo en enfrentar al patriarcado para explicarle de qué lo que ellas hacen; porque hay mucho por realizar con los otros, a la par, en conjunto; mientras tanto, tampoco pierden de vista -como si fuera una codificación biológica- la trascendencia de amalgamar lo laboral con lo familiar, porque tienen hijos, nietos, pareja, adultos mayores a su cargo que demandan su virtud femenina de saber expandirse por el bien común.

Las cuatro ejercen la dirección de empresas históricamente ligadas a lo masculino y ninguna de ellas se siente en desventaja por su condición, ni establece una lucha de poder en las mesas en las que se sientan a negociar y donde siempre, siempre, son minoría.

Se fueron abriendo camino al crecimiento en los negocios y en la toma de decisiones, sumando experiencias en las que debieron escuchar apuestas de hombres empresarios y hasta gerentes de bancos arriesgando los meses que les llevaría fundir la empresa heredada.

Ninguna de ella guarda rencor por eso, porque saben que no hay tiempo para perder en luchas de poder que son limitantes y porque están conscientes de que ocupan un espacio que histórica y actualmente sigue siendo de los hombres, pero que las necesita, porque ellas saben cómo hay que imprimir el cambio.

“Las sociedades se construyen desde las pluralidades. Soy una mujer que trabaja en una mesa con 50 hombres, porque entiendo que así se consolidan las cosas”, sentenció Laura Hereñú, al frente de una empresa constructora y dirigente de la cámara de que los nuclea. “Las mujeres a cargo de empresas somos necesarias y no nos cuestionamos cómo integrarlas; las mujeres participaron toda la vida en el área de la construcción, pero sin ser visibilizadas, perdiéndose así la posibilidad de tener una voz y una visión diferente”.

Precisamente, la disolución de las brechas es para ellas la clave de la solución de una lucha que no tiene sentido, y muchas mujeres ya lo entendieron. Se apoyan la una con la otra, siendo solidarias y trabajando para fortalecerse y producir cambios culturales y sociales muy postergados, en pos de una igualdad en la que los hombres y su energía tienen que estar, para que todo funcione mejor.

“Cuando comencé pensé que había ganado todos los méritos por muchos esfuerzos que había realizado y hoy me doy cuenta que quizás no debería haber pagado un costo tan alto y hubiera sido más fácil si otras mujeres me hubieran inspirado para hacerlo, demostrando que esto se puede”, reflexionó Hereñú.

No se trata de trabajar a la par, sino de manera diferentes, pero juntos, porque la mirada de cada uno enriquece. 

Todos y todas deben tener espacio para aportar una voz distinta, con visiones disímiles que se complementen en la visión de negocios para la toma de decisiones. 

“La palabra clave es la diversidad. No estamos como víctimas que reclamamos un lugar, sino que sabemos que lo urgente es hacer un equipo de trabajo con diferentes miradas, opiniones y energías. Nunca sentí que por ser mujer no podría asumir la responsabilidad”, aseguró Celeste Valenti, a quien la muerte repentina de su padre la obligó a asumir con sólo 22 años la dirección de una empresa láctea, ámbito machista por excelencia.

Es crucial visibilizar que hay mujeres en empresas que tienen desafíos y también experiencias fabulosas compartiendo las opiniones y abriendo el debate. 

“Yo no necesito contar que soy una mujer que conduce una empresa donde hay 85 operarios varones, pero es bueno que se sepa que estamos y que podemos, sin por eso necesitar el reconocimiento al mérito. Cualquier mujer que se lo proponga lo puede realizar y eso es lo que hay que contar para que todas lo sepan”, valoró Julieta Gross, quien con menos de 30 años tomó la conducción de la firma que su padre había creado y falleciera 12 años antes. Cuando lo hizo, la empresa estaba en una situación compleja.

El nuevo milenio trae un cambio de consecuencias y eso está dado por las mujeres que entienden que los hombres son una mitad irreemplazable.

“Me costó mucho insertarme porque en las grandes reuniones me sentaba con hombres que me hacían sentir rara; hasta que me relajé y usé esa tranquilidad y seguridad a mi favor”, rememoró Valeria Betancourt, quien lidera su firma de pastas junto a su hija y su hermano.

Estas cuatro mujeres tuvieron y tienen que seguir lidiando con barreras culturales y sociales, pero no salen a derribarlas con una fuerza marciana, sino con la virtud femenina de la intuición que sabe de la importancia del hombre, por su mirada y perspectiva, valorizándolo en lo grupal, a la par; con varones que saben que el negocio con las mujeres es un muy buen negocio.

Entonces, los bancos, las instituciones financieras y de crédito, los inversores o los clientes, todos deben abordar la perspectiva de género, confiar en los proyectos y en las empresas de mujeres. Sumarse, para que los beneficios sean enormes, en la economía, en la sociedad y en la cultura.

Todos y todas somos responsables para que esta presencia y este cambio se produzca. Es un compromiso de la sociedad en su conjunto que quizás lleve más tiempo y requiera de nuevas estrategias; pero la igualdad entre hombres y mujeres, trabajando a la par, es la única manera de madurar para erradicar mandatos que muestran descarnadamente que son un fracaso, porque duelen, excluyen, violentan y ya no sirven.

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