El final de las certezas y la ausencia de utopías
Liderazgos
Por Marcelo Manucci
Doctor en Comunicación y Psicólogo

El diseño organizacional ha tenido un principio mecanicista basado en la eficiencia de los procesos. Este diseño autorreferencial, que llevó al gran desarrollo de la industrialización, frente a las características del contexto actual, presenta tres frentes críticos para los sistemas productivos: a) debilidad estructural que provoca conflictos en su funcionamiento, b) debilidad competitiva con profundas dificultades en la capacidad de respuesta, y c) debilidad estratégica que restringe los movimientos empresas a reacciones de supervivencia. 

En el primer caso, el diseño mecanicista es un diseño rígido que resulta conflictivo para la naturaleza de los sistemas humanos: abiertos, dinámicos y paradojales. La dinámica de las máquinas no se corresponde con la dinámica de los procesos humanos y esta rigidez estructural, está generando profundos conflictos en el desempeño al lidiar con la complejidad de las demandas actuales. En segundo lugar, en este contexto de volatilidad creciente el diseño de las máquinas no tiene capacidad de respuesta frente a velocidad de los cambios del entorno. La precisión autorreferencial no garantiza respuestas adecuadas, lo cual profundiza las dificultades de funcionamiento y desempeño. Por último: los modelos estratégicos están pensados para la guerra: para “ganar o ganar”. En las condiciones actuales del contexto, este principio multiplica los enemigos y transforma la gestión en una desenfrenada carrera de supervivencia.

La vulnerabilidad de la precisión aparece entre la volatilidad del mundo con su vorágine de cambios inéditos e imprevistos y la dificultad estructural de muchas organizaciones para responder y actuar en este contexto de transformación. Esta brecha de adaptación entre la precisión y la incertidumbre genera muchos síntomas en el desempeño que surgen como consecuencia de las condiciones de vida de las personas que trabajan bajo la presión de cumplir con los resultados de un proceso que no se corresponde con su dinámica de funcionamiento (debilidad estructural), que está fuera de contexto para el cual no tienen mayores respuestas (debilidad competitiva) y que sintomáticamente se ha focalizado en sobrevivir (debilidad estratégica). 

Los síntomas del desempeño demuestran que las emociones afectan a la precisión de las máquinas. Generalmente, esta situación se manifiesta cuando las organizaciones, frente a las dificultades para responder a las exigencias del contexto, presionan sobre las personas para cumplir metas y resultados más allá de las condiciones y las posibilidades de concreción. El costo de esta presión es el colapso de la calidad emocional, lo cual también tiene consecuencias en bajos rendimientos y productividad (desarticulación, lentitud y paranoia). El resultado es un círculo vicioso de desesperación, stress y deterioro de las condiciones laborales que agranda las dificultades de desempeño.


La ausencia de futuro

Todos los sistemas humanos diseñan su propia realidad para convivir con un entorno dinámico, complejo e inestable. Las personas no se mueven directamente por la incorporación de datos e información; sino que lo hacen a partir de una experiencia interna que ordena esos datos y les otorga significación. En este sentido, el presente es un espacio que se despliega en un conjunto de explicaciones donde fragmentos sobre la dinámica del contexto se ordenan en relatos. La percepción fragmentada del entorno adquiere cierta estabilidad y lo que se vive como “el tiempo presente” se transforma en un conjunto de narraciones que significan y marcan el territorio dentro del cual vivimos. 

Generalmente, la comodidad del relato sucumbe frente a los acontecimientos. Hemos sido educados para “buscar salidas” frente a los problemas. Somos expertos en transitar laberintos de caminos y recorridos predeterminados. Hemos sido entrenados para las salidas, no para ser protagonistas de las alternativas. Por eso, abordamos todas las bifurcaciones como problemas a resolver (situaciones negativas a las que hay que encontrar “una” salida); y no como instancias que implican, además de riesgos, oportunidades y alternativas de desarrollo. 

El legado de esta situación de crisis, múltiples crisis, nos exige el protagonismo de nuevas utopías, en el sentido de “mundos posibles” o “lugares posibles” (ese era el sentido original del término). Protagonizar posibilidades nos saca del laberinto estático y nos coloca frente a la gestión de nuestras propias contingencias. Por el contrario, vivir en la ilusión del orden social perdido, nos lleva a la imposibilidad de asumir el devenir. 

En un texto de finales de la década del 80, el antropólogo Georges Balandier ya presentaba una imagen de desamparo y desconcierto de la sociedad en lo que definía como la “conciencia del desorden” que describía como una línea del tiempo entre el olvido de las condiciones anteriores y la ignorancia de los estados futuros. Esta posición, lleva a los hombres a “la cultura de la nostalgia” que surge de la retrospectiva hacia el pasado, ante la dificultad de perspectiva. 

Los sistemas biológicos, como sistemas complejos adaptativos, viven por su exploración creando y recreando sus condiciones de vida para mantenerse en un entorno determinado. A diferencia de los sistemas biológicos, los sistemas sociales viven de creaciones y recreaciones simbólicas; viven de la exploración y redefinición de postulados y principios conceptuales que marcan los territorios cotidianos de sus actos.  Por lo tanto, para los sistemas sociales, la exploración de nuevas posibilidades y la creación de mundos diferentes es un acto de participación y diseño. 

En la época post medieval, el sueño de un mundo diferente era la posibilidad de escape para una realidad que cambiaba muy lentamente y una monotonía solo interrumpida por algunas bifurcaciones extraordinarias sobre el Apocalipsis, el Juicio Final o eventualmente las hogueras purificadoras. Desde esa época el diseño de utopías ha sido uno de los parámetros para generar saltos cualitativos en las configuraciones sociales de la historia. En este marco, Bauman plantea que la imaginación y la confianza fueron los parámetros del sueño de la “utopía” que comenzó a esbozarse en la época premoderna; pero que en la era moderna esta búsqueda se ha invertido. Según el autor las utopías modernas, han sido una búsqueda orientada a escapar de las realizaciones hechas en base a otras utopías, más que la búsqueda o la exploración de posibilidades. 

Estamos frente a un paisaje inédito en muchos aspectos con una crisis de futuro, que no es una crisis de mandatarios, es una crisis de posibilidades. Nuestra crisis actual no es de presente, es de futuro. De ausencia de proyectos, propósitos y posibilidades, que permitan generar nuevas formas de vida, realidades alternativas. Liderar utopías (personales, grupales o institucionales) significa diseñar de espacios de posibilidades. Vivimos un mundo de síntomas (físicos, psicológicos, sociales, económicos, culturales, etcétera) porque hemos reemplazado los diseñadores de futuro por administradores de un presente intrascendente. Por ello, reinventar el futuro como espacio de transcendencia implica reinventar el liderazgo. Reinventar a los diseñadores que abren el camino a nuevas posibilidades para recuperar el sentido y el protagonismo en los acontecimientos cotidianos. 

El rol básico del liderazgo es un creador de sentido para la vida cotidiana. Su tarea esencial es diseñar el territorio donde estamos parados y definir el camino que transitamos. El líder brinda el marco de referencia para los movimientos en la complejidad del contexto. Para ello, es necesario mirar más lejos en el tiempo e integrar un espacio más amplio. El líder debe potenciar recursos personales y grupales para lograr una capacidad colectiva de respuesta frente a los desafíos del contexto; compartir información y conocimiento para mantener el alineamiento entre el rumbo y la implementación cotidiana de las acciones.


Transformar el futuro para recuperar el presente

Liderar utopías (personales, grupales o institucionales) significa diseñar de espacios de posibilidades. Vivimos la multiplicación de las disfunciones (físicas, psicológicas, sociales, económicas, culturales, etcétera) porque hemos reemplazado los diseñadores de futuro (los diseñadores de utopías) por administradores de un presente intrascendente. 

Tanto en el orden personal, grupal como corporativo, la actitud de liderazgo define dos movimientos: la dinámica de apertura hacia la conquista de “lugares posibles” (utopías), o bien la rigidez forzada de un relato sobre el futuro del pasado. En este juego de abrir y cerrar los límites de la transformación, la presencia del líder tiene dos perspectivas básicas: generar posibilidades para asumir el cambio (lo cual implica gestionar “la utopía” como un conjunto de percepciones, creencias, historia, actitudes, y emociones) y al mismo tiempo, gestionar las condiciones de la transformación (lo cual materializar “la utopía” en tiempos, roles, metodologías, información, evaluación).

Desde el punto de vista organizacional, el rol del liderazgo es ser un “creador de sentido” para la vida cotidiana. Su tarea esencial es diseñar el territorio donde estamos parados y definir el camino que transitamos. El líder brinda el marco de referencia para los movimientos en la complejidad del contexto. La permanencia forzada del equilibrio genera estructuras disfuncionales y síntomas institucionales que reducen capacidad de auto organización frente a la inestabilidad. La dinámica de las situaciones externas e internas generan ansiedad, temores, paranoia cuando se tiene la sensación de perder el control de determinadas situaciones, lo cual lleva a decisiones reactivas. En este marco, la confianza es el recurso básico para la participación, el compromiso y la motivación personal. Sin confianza no hay desarrollo, solo hay relaciones funcionales, estereotipadas y mecánicas que, frente a la inestabilidad del contexto, conforman un gran riesgo por su volatilidad e imprevisibilidad. 


El final de las certezas

La creciente brecha de imprevisibilidad se ha cargado de desesperanza e impotencia. No estamos acostumbrados a vivir tanto tiempo en estado de incertidumbre y mucho menos con un profundo desconcierto. En otros momentos de la historia, ante situaciones de inestabilidad sin precedentes, hubo otras referencias que permitieron un marco de estabilidad ideológica y emocional que le dieron cierta previsibilidad a la vida cotidiana. Quizás, las referencias actuales tienen horizontes acotados; por lo tanto, sus posibilidades para ordenar la realidad son más transitorias que en otras épocas. 

Durante décadas, creamos una fortaleza conceptual con justificaciones metodológicas e ideológica que protegió nuestras mentes de la complejidad e inestabilidad y nos permitió avanzar en la incertidumbre. Personalizamos los garantes de las certezas y confiamos en su perdurabilidad. Sin embargo, hoy en día, las disrupciones del mundo se escapan de la comprensión para esa mentalidad post-medieval. Los cambios profundos de este nuevo siglo desafían a las fortalezas medievales. Así, el presente se transforma en desesperación porque aún enfrentamos nuestras situaciones cotidianas con un mapa de supervivencia emocional y una serie de ideas medievales compulsivas. Estamos perplejos ante muchas situaciones actuales porque nuestra manera de acercarnos al mundo sigue manteniendo las premisas de un liderazgo posmedieval basado en las certezas, la fuerza, las restricciones y la precisión. El temor al futuro nos abruma porque proyectamos compulsivamente la incertidumbre del presente en una secuencia temporal irreversible e irremediable.


La perdurabilidad del fracaso 

Las comunidades se enferman por la repetición compulsiva del pasado. Los síntomas sociales son causados por la imposibilidad de los sistemas para crear nuevas condiciones de vida. Así, el paisaje colectivo permanece inalterado a costa del deterioro de la calidad de vida de las personas. Los problemas que los sistemas sociales no resuelven lo trasladan al sufrimiento de sus individuos. Es decir, lo que un sistema social no asume se carga a la vida de otros sistemas menores (organizaciones, empresas, grupos, familias, personas). En las últimas crisis económicas de este siglo, los sistemas políticos transfirieron su ineficiencia a las condiciones de vida de sistemas más pequeños que colapsaron debido a la presión y la imposibilidad de organizar sus vidas.

La indiferencia social al fracaso implica que los sistemas más grandes terminan transfiriendo las crisis a sus estructuras más débiles para mantener sus condiciones hegemónicas estructurales sin cambios. Las tensiones que una sociedad no puede resolver se excluyen, se invisibilizan. El riesgo es que, si estos procesos excluidos a la periferia de la historia continúan creciendo sin posibilidad de integración generarán profundos conflictos que agravarán las condiciones sociales sintomáticas en algún momento.

La perdurabilidad del fracaso social se debe a falta de innovación en la resolución de problemas estructurales. Esta situación se materializa en múltiples condiciones sintomáticas que definen la calidad de vida de las personas. La indiferencia mantiene el fracaso en el tiempo. Los sistemas más débiles son aquellos que colapsan bajo presión. Pero, el riesgo, a menudo subestimado, de la expansión de la vulnerabilidad es que el propio sistema global puede colapsar. 

La mediocridad del liderazgo tiene que ver con la imposibilidad de llevar los sistemas sociales a nuevos órdenes de crecimiento y desarrollo. Muchos líderes se han preocupado por mantener su poder basado en la administración de restricciones, en lugar de la generación de posibilidades para el desarrollo social. Ciertamente, la imposición de un modelo forzado y excluyente necesita síntomas para sostener su permanencia.

Los significados y los símbolos nos permiten representar el pasado en nuestro presente y proyectarnos en el futuro. No vivimos dentro de una secuencia de tiempo, eso corresponde a las máquinas. Vivimos en un espacio que se despliega en narraciones las cuales redefinen el significado del tiempo. Desde esta perspectiva, el futuro no está relacionado con un punto en la secuencia del tiempo, es el horizonte de nuestro propio mundo, es el símbolo de un propósito que nos permite organizar los significados de la vida cotidiana. 

El significado del futuro brinda el marco de referencia para redefinir el pasado y transformar el presente. La ausencia de futuro reduce la vida a una carrera de saltos compulsivos en un eterno presente gris. El futuro pierde su sentido cuando cambiamos el símbolo (propósito) por una fecha (un punto en una secuencia de tiempo). La precariedad del futuro deja a las personas atrapadas en el presente.

Vivimos en un momento histórico de búsquedas. En este siglo, el nuevo orden es un desorden. En este nuevo orden de disturbios, muchas utopías han sido abandonadas debido a la frustración o la decepción; la frustración con los resultados del pasado o la decepción por la imposibilidad de un futuro diferente.



El Gobierno Nacional está autoderrotado