¿De verdad seguiremos ignorandola Gestión de Riesgo?
Management
Por Lorenzo Preve 
Profesor y Director del Centro de Riesgo e Incertidumbre del IAE

Hace unos meses, como todos los fines de año, la mayoría de las empresas estaban cerrando su presupuesto para el año siguiente.  Éste decía que la compañía iba a vender una determinada cantidad de unidades de productos o servicios, a un determinado precio. Esos productos tendrían un definido costo variable, y la organización tendría que hacer frente a una precisa cantidad de costos fijos.  Además, pensábamos que la operación iba a tener una señalada eficiencia, que el dólar iba a tener un determinado valor, etcétera…

Habrán notado la cantidad de veces que utilicé sinónimos de la palabra “determinado” en el párrafo anterior. Eso ocurre dado que el ambiente empresario y corporativo, actúa como si viviera en un mundo determinístico, en el que ponemos los valores “determinados” para todas las variables de nuestros planes de negocios.  Sin embargo, que nosotros determinemos los valores de nuestras proyecciones, no implica que éstos se vayan a cumplir. Es más, si lo pensamos un poco, nos damos cuenta que lo único que podemos afirmar con total certeza, con respecto a nuestras proyecciones, es que no se van a cumplir. Esto ocurre porque vivimos en un mundo probabilístico, en donde todos los valores futuros son distribuciones de probabilidades.

Durante los primeros meses de la pandemia estuve como muchos de ustedes recluido en casa, haciendo un home office obligado, responsable, prudente, pero seguramente inesperado en los meses anteriores. Y mi agenda de las siguientes semanas estaba llena de viajes cancelados, reuniones suspendidas, planes cambiados y mucho más… Todas las reuniones fueron a través de un dispositivo. De hecho, aprendimos que para reunirnos con alguien no es necesario encontrarnos de manera física. También notamos un cambio en la estructura de nuestros tiempos de agenda, en la composición de nuestros gastos, en nuestra huella de carbono y, seguramente, en varios de nuestros hábitos, muchos de los cuales se mantienen hoy.

Entiendo que para muchas de las empresas lo que vivimos fue totalmente inesperado. Sin embargo, para quienes estamos acostumbrados a trabajar con riesgos, la amenaza de epidemias y pandemias no es, o no debería ser, algo completamente inesperado. Hay una cantidad de indicios que de a poco van dando ideas de que esto que estamos viviendo tenía algún tipo de previsibilidad: sabemos que las ciudades están cada vez más pobladas; vemos un número creciente de viajeros recorriendo lugares remotos; vivimos un ritmo de vida cada día más cansador con altos niveles de stress y cansancio crónico; contamos una creciente cantidad de personas en edad avanzada… todos factores que favorecen las enfermedades y los contagios masivos. 
Además, los reportes de Risk Management que Allianz y el World Economic Forum publican anualmente, hace más de una década anticipaban que el riesgo de una pandemia en 2020 era un riesgo no despreciable.  De hecho, era el riesgo número 17 en el estudio de Allianz, y el número 10 en cuanto a impacto, en el estudio del WEF; es decir, estaban sobre la mesa y no eran riesgos despreciables. 

Yendo a estudios más específicos, como bien reporta Michele Wucker en su reciente artículo en el Washington Post, “No, the Corona Virus was not an Unforeseen Problem”, una epidemia a escala global de consecuencias graves se estaba esperando hace tiempo en la comunidad científica. (Pueden encontrar más información en el reporte “A World at Risk”, del Global Preparedness Monitoring Board, publicado en septiembre de 2019, donde en su página 27 predice una posible pandemia de una gripe de alto nivel de contagio que afecte las vías respiratorias).

Ahora bien, si estos indicios estaban tan a la mano ¿cómo es posible que nadie la haya visto venir? ¿Cómo es posible que esta pandemia haya agarrado al mundo tan poco preparado?  Están todas las pistas sobre la mesa, ¿Cómo nos agarró de sorpresa?  

La realidad es que nadie tiene la gimnasia de estar preparado para lo inesperado; nadie trabaja para estar listo para lo imprevisible. Todos estamos cableados para pensar en lo esperado, en los valores determinados.  Las materias de las carreras universitarias relacionadas con negocios, se basan –mayoritariamente- en los valores esperados.  De vuelta, ¡nadie está preparado para lo imprevisto! ¿Cómo se explica, que ni las autoridades sanitarias de los países o de los organismos multilaterales, muchos de los cuales participaron en los estudios de riesgo mencionados, estuvieran listos para lo que se nos vino encima? De vuelta, no estamos preparados para pensar en las contingencias. Y, en la eventualidad que tengamos los riesgos mapeados, no tenemos los planes de contingencia listos para ser puestos en operación.
Raro, ¿no?  Porque supuestamente somos gente racional… ¿o será que no lo somos tanto como nos gustaría creer?

Esta situación me recuerda una famosa viñeta del genial Charles M. Schulz, el creador de la famosa Peanuts, en las que Charlie Brown y su amigo Snoopy están sentados mirando un lago en un momento de profunda reflexión filosófica.  En la viñeta se ve a Charlie diciendo “un día nos vamos a morir, Snoopy”, a lo que Snoopy contesta; “cierto Charlie, pero todos los otros días no”.  Y la realidad es que parecería que trabajamos, planificamos y vivimos para todos los otros días, pero no para el día en que las cosas inesperadas vayan a ocurrir; especialmente si esas cosas son desagradables. 

¿Qué querría decir trabajar para esos días “no normales”?  Querría decir: (a) tener los riesgos debidamente monitoreados; (b) hacer un seguimiento de las causas que eventualmente irían a disparar esos riesgos (las llamamos los determinantes de los riesgos); (c) tener una medición de los riesgos en términos de probabilidad e impacto y, sobre todo, (d) contar con una serie de planes de mitigación de cada riesgo, que permita, ya sea bajar la probabilidad de ocurrencia o bajar su impacto. Todo esto necesita de una política de gestión de estos riesgos y de la incertidumbre reinante.

Para comprender la importancia de lo planteado, no es necesario pensar en algo tan devastador como la crisis del “Corona Virus”. Pensemos en la cantidad de pequeños o medianos desvíos que solemos tener respecto de los valores determinados en nuestras estimaciones previas.  Pensemos en la cantidad (o el precio) de unidades consideradas de venta y en las que realmente terminamos vendiendo, en los costos evaluados y los realmente incurridos, en el valor del dólar, entre muchos otros. Pensemos en cuál es el efecto de cada uno de estos desvíos respecto de nuestras estimaciones originales, en los resultados, o el flujo de fondos, o en la reputación, de nuestra empresa. Avancemos un paso más y pensemos también en cómo hubiéramos transitado las vicisitudes de esos cambios, si hubiéramos estado en condiciones de anticipar los eventos y nos hubiéramos preparado para ellos. El tránsito por una crisis es muy diferente si estamos debidamente preparados, que si nos agarra de sorpresa.  Esto aplica no solamente a las sorpresas desagradables, sino que también aplica a las oportunidades inesperadas. Estar preparados, muchas veces es la diferencia entre aprovechar una oportunidad y perdérsela.

No espero que, a partir de esta crisis, las empresas estén esperando la próxima pandemia, pero sí espero que, a partir de ésta, podamos empezar a reconocer que los valores determinados sobre los que basamos nuestros planes de negocios determinísticos están sujetos a cambios.  

Y espero que las empresas, las organizaciones, las instituciones y los gobiernos se den cuenta que ya no pueden seguir planificando sin pensar en la incertidumbre y en cómo estar preparado para lo inesperado. 

Espero no estar pidiendo demasiado.

Por una nueva agenda productivay exportadora, pero que sirva
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