Cuando la clase media no tiene la valentía de unirse

"La conquista del poder cultural es previa a la del poder político, y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados 'orgánicos' infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios”. Antonio Gramsci (1891-1937)


Por Roberto Trevesse
Periodista, Licenciado en periodismo y Comunicación


Ya se nos fue 2022 y todos ustedes lectores de la Revista X-Más saben que nos pasa, pero seguimos agobiados por la situación imperante en la Argentina y ninguno de nosotros nos convocamos en serio para cambiar la historia, antes que el vendaval de los sectores vilmente empobrecidos nos lleve puesto.

Releo títulos y artículos anteriores de mi autoría y con todo respeto tendrán en claro que nos anticipamos a lo que la realidad nos fue llevando.

Las ideas del teórico marxista, que fundó el Partido Comunista en Italia, orbitan en el pensamiento y el discurso de quienes nos gobernaron desde Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández en mayor medida, integrados –supuestamente- al peronismo “progresista/populista” como a la extrema izquierda en nuestro país. Por eso como bajada de título, elegí una de las 10 mejores frases de Gramsci, a quien el dictador Benito Mussolini mantenía preso de forma impiadosa.

¿Por qué no hacemos nada? ¿Por qué cada uno o cada sector por su cuenta hace gestiones para resolver sus dificultades? ¿Y los demás?

A veces leo –entre otros- en una página digital Latinoamericana a un señor que se llama Fernando del Pino Calvo-Sotelo, quien es un economista y empresario español. Forma parte de la Junta Directiva de la Asociación Madrileña de la Empresa Familiar (AMEF) y que en los últimos diez años se dedicó a escribir en distintos medios periodísticos. 

En un extenso y minucioso artículo de opinión, él se refiere a lo que podríamos llamar aquí, La Cultura del Miedo. Hace años que, en la Argentina, la sociedad actual se transformó con el tiempo y los avatares transcurridos, en mucho más miedosa que la de nuestros antepasados.  

En el pasado, nuestros padres y abuelos no vivían obsesionados por la salud ni por vivir cien años. Hoy, por el contrario, los medios tienen una sección de “Salud” en la que nos asustan con todo tipo de enfermedades. 

El hombre moderno, controlado por la Cultura del Miedo, vive obsesionado con la eterna juventud fingiendo que la muerte no existe. 

Pero ¿qué es el miedo? El miedo es la ansiedad anticipatoria de un daño, real o imaginario. 

La Cultura del Miedo exacerba, interioriza y extiende a la vida cotidiana un miedo desproporcionado, creando una sociedad que idealiza una fantasía. ¿Cuál? que es posible vivir con riesgo cero.

La Cultura del Miedo nos ofrece una falsa promesa de seguridad a cambio de nuestra libertad y lo hace bajo dos premisas. La primera es que todo es peligroso; la segunda es que todo peligro puede ser evitado si obedecemos determinadas normas ordenadas por el Poder, sea político, científico o médico, que nos protegerá de todo mal.

El miedo al Covid, al cambio climático o a la guerra nuclear son sólo ejemplos concretos. Los principales temores con los que nos asusta la Cultura del Miedo son el miedo a la falta de amor, a la soledad, a la enfermedad, a la ancianidad y a la muerte, a la crítica, a la pobreza, y, de forma muy significativa, a la libertad. En definitiva, La Cultura del Miedo nos propone que tengamos miedo a la vida.

Lo siniestro es que esta cultura del temor constante no desea solucionar estos miedos, sino hacerlos crónicos. Así, frente al miedo a la pobreza, nos propone más Estado, menos libertad y menos propiedad privada, exactamente aquello que aumenta la pobreza.

Frente al miedo a la crítica propone las redes sociales, donde se fomenta precisamente el miedo a no ser aceptado y se censura o lincha a quien no comulga con las ruedas de molino del pensamiento único.

Por último, la Cultura del Miedo, y los “dueños” del poder que la promueven, desean fervientemente que tengamos miedo a la libertad, pues libertad implica responsabilidad.

Simultáneamente crean el miedo a lo que ellos llaman “perder la libertad” en todas sus formas o sentidos.

¿De dónde proviene la Cultura del Miedo? ¿Es éste un fenómeno espontáneo o responde a factores inducidos? El miedo es consustancial al ser humano, pero existen elementos exógenos interesados en exacerbarlo.

Sin duda, el elemento exógeno más importante es la ofensiva del nuevo totalitarismo, que utiliza el miedo para controlarnos. En efecto, el poder no quiere individuos pensantes que dominen sus temores, sino clones obedientes y asustados, al igual que no desean individuos libres, sino hombres-masa dependientes y controlables.

La libertad, siempre está amenazada por el poder. Así, poder y libertad son un juego de suma cero: si aumenta uno, necesariamente tiene que disminuir el otro.

Decía Ralph Waldo Emerson (1803-1882) que el antídoto contra el miedo es el conocimiento, y es cierto, pero el conocimiento exige pensar, y Occidente vive hoy un declive de la razón. Cuando hace muchos años le preguntaron al Premio Nobel Albert Schweitzer (1875-1965) qué le ocurría al hombre moderno, respondió: “El hombre de hoy simplemente no piensa”. 

El miedo es el instrumento de los “dueños” del poder para controlarnos, éstos procurarán que no pensemos y que nos limitemos a repetir como papagayos la última noticia o el menú ideológico del día.

Raro es que un político proponga a los votantes sacrificio, generosidad, esfuerzo, responsabilidad, altruismo, fidelidad, cumplir con la palabra dada, veracidad o respeto a quien opina diferente. 

En realidad, les enseñará a temer (y, por tanto, a detestar) al adversario político, denominará “solidaridad” a la envidia, a la codicia de los bienes ajenos y a fantasías como vivir sin trabajar (o sea, del trabajo de otros).

Los “dueños” del poder utilizan el miedo como táctica de control: primero crean un miedo, real o ficticio, que pronto se transforma en ira; luego señalan un culpable, real o inventado, hacia el que dirigir dicha ira; y finalmente se postulan como salvadores si les entregamos nuestra libertad. Así, el miedo acaba conduciendo a la servidumbre.

Pero el miedo también funciona como arma para doblegar voluntades de forma más directa mediante la presión de grupo. El hombre, animal social y gregario, teme el aislamiento, y por tanto es vulnerable a la amenaza de ser estigmatizado y condenado al ostracismo si se atreve a ir contracorriente.

Un instrumento muy útil para lograrlo son las redes sociales, diseñadas para diluir la individualidad en una masa informe cuyos individuos sean esclavos de su “popularidad” y, por tanto, fácilmente controlables por quien decide lo que es popular.

Para eso inventaron los likes, utilizando no sólo el miedo a quedarnos solos, sino nuestra tendencia a construir nuestra opinión sobre nosotros mismos en función del aplauso ajeno, craso y frecuente error.

Al miedo a la presión de grupo se suele unir el abuso del principio de autoridad, que antaño era política, militar o religiosa. 

En esta nota que nosotros hemos sintetizado, Fernando del Pino Calvo-Sotelo, agrega que no debemos olvidar a la falacia, que defiende algo, únicamente porque alguien considerado una autoridad lo ha afirmado, o que en lugar de proponer argumentos desacredita a la persona que defiende la postura contraria, o que defiende que algo es verdad sólo porque así lo opina una mayoría o la “opinión pública”.

Por otro lado, indagando un poco más, reafirmamos lo dicho al coincidir que Cultura del miedo es un término que hace referencia a una percepción común de miedo y ansiedad en discursos públicos y relaciones personales, y cómo ésta puede afectar la manera en que las personas interactúan con las demás, cuales individuos y como agentes democráticos. Entre aquellos que usan esta percepción, existen diferentes variedades de afirmaciones, como los orígenes y las consecuencias de la tendencia que buscan describir; sin embargo, la mayoría coincide con la aserción elemental, que la cultura del miedo es un fenómeno relativamente nuevo relacionado con los medios de información masiva, con importantes implicaciones dañinas en potencia.

“A los gobernantes actuales no les interesa las empresas locales”